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Tuesday, January 30, 2007

Presentación


Esta segunda entrega monográfica la dedicaremos a Pedro Pablo Paredes, quien el próximo 21 de enero arriba a los 90 años de edad. Toda una vida consagrada al oficio de maestro y al cultivo de las letras. Una trayectoria intelectual desarrollada sin interrupciones a lo largo de siete décadas. Poeta, ensayista, crítico literario, compilador, periodista, educador y animador cultural, son sus facetas en el orden intelectual. Su presencia en Los Andes es imponente. En el Táchira, y sobre todo en San Cristóbal, es toda una institución. Su relación con esta ciudad, sublime y entrañable, es parecida a la que mantuvo Tulio Febres Cordero con Mérida, quien era capaz de darlo todo, menos abandonar el suelo nativo. Como escritor nos ha entregado obras que hoy resultan fundamentales en la literatura venezolana. Repasemos algunos de sus títulos: Silencio de tu nombre (1944), Alabanza de la ciudad (1947) y Patria del sueño (1961), poemas en verso; Emocionario de Laín Sánchez (1965), Pueblos del Táchira (1982) y La ciudad contigo (1984), poemas en prosa; Calificaciones (1966), Tema con variaciones (1975) y Perfil de Bolívar (1981), ensayos; y, Antología de la poesía venezolana contemporánea (1981), El poema venezolano en prosa (1989) y Cinco y seis del cuarenta (1998), compilaciones. Sirvan estas líneas introductorias para rendir un cálido y fraterno homenaje a quien ha sido nuestro amigo y maestro durante tantos años. Con su actitud generosa y estimulante nos ha guiado en nuestro desempeño intelectual, desde los días en que comenzamos a borronear cuartillas. ¡Salud Maestro! ¡Y siga Usted disfrutando de las semillas que plantó como educador y hombre de letras!

Ildefonso Méndez Salcedo
San Cristóbal, enero-febrero de 2007

Pedro Pablo Paredes, en la plenitud de sus noventa años sigue soñando

Fotografía: Pedro Pablo Paredes. San Cristóbal, 2001.


José Pascual Mora García
Presidente de la Academia de Historia del Táchira
y de la Sociedad Bolivariana del Táchira


Palabras de presentación de la sesión solemne celebrada
con motivo de los 90 años de Pedro Pablo Paredes.
San Cristóbal, 19 de enero de 2007


A Pedro Pablo Paredes habría que cantarle con el verso de Manuel Felipe Rugeles y la prosa de Emilio Constantino Guerrero. Tendríamos que suplicarle a José Antonio Maitín, a Juan Vicente González y a Miguel Antonio Caro para que nos prestaran su acento del romanticismo. A Pedro Pablo Paredes le quedamos debiendo su poema, permítanme recordarles amigos poetas del Táchira.

Nuestro “divino loco”, como lo suele llamar el prof. Alberto Moreno García, arriba a sus noventa años de existencia. Recientemente alguien me decía que el maestro no “andaba bien”, y le repliqué: “tenga prudencia con sus juicios, pues los intelectuales somos por lo general excéntricos, y al maestro le ha gustado toda la vida cazar a los avispados”.

En días pasados le visité, y efectivamente, pude comprobar su estado de autoconciencia que solo caracteriza a los genios, y además, pude observar sus excentricidades propias de un ser creativo; sobre su impecable camisa blanca y corbata negra lucía una camisa de pijama verde. Inmediatamente pasaron por mi mente las posturas de Picasso, y las morisquetas del hijo de Cataluña: Salvador Dalí. Ojalá, que la burla del maestro de la falsa sociedad de consumo nos hiciera despertar del estado de “locura dulce” que suele caracterizarnos. Ya quisiéramos tener el promedio de los venezolanos ese grado de conciencia suprema y sublime que siempre le acompaña, en buena hora divino Maestro! Pocos son los seres bendecidos con la palabra que Dios prometiera a Abraham: “tendrás larga vida”. Pero lo más relevante es su calidad de vida, traducida en una fructífera producción literaria y ejercicio de su vocación docente.

Desde el punto de vista de su formación intelectual formó parte de la última generación de intelectuales que se fraguaron con la palmeta y la máxima de que la “letra con sangre entra.” Me confesaba en una ocasión, que le sorprendía que hoy no se pueda enmendar las faltas de los párvulos con cierta dureza porque inmediatamente sobreviene la acusación de estar frustrándolos; “a mi me formaron con dureza, -confiesa- y nunca me frustré”.

El autor de Poiesología, Pablo Mora, lo describe en su fisonomía como “Ni alto ni bajo, es de tamaño mediano. Ni fuerte, ni débil, su complexión es regular. Lo distinguen un mentón anodino, unos maxilares recios, cuadrados; unos pómulos chinescos; una nariz decididamente socrática; una cejas sin solución de continuidad; una frente amplia; un pelo que ya poco cuenta; una nuca como despeñadero; la clásica cabeza del andino” (La Nación, 19/01/2007). Es Pedro Pablo Paredes de esos seres que la naturaleza bendijo con un magnetismo especial, sus energías cósmicas están bien distribuidas; las féminas encuentran siempre un encanto seductor. No hay oficina ni despacho que no deje escapar una anécdota de su trato comprensivo y amable con las hijas de Adán. Y agregaría que todo en él traduce la energía interior que acompaña a los grandes hombres.

Ideológicamente es un hombre de pensamiento abierto, libre pensador, y amante de la diversidad. En algún momento alguien le manifestó que había una literatura comprometida, y socráticamente respondió: “dígame qué literatura no es comprometida”. Como escritor, su palabra está revestida de la gracia de su hablar, pues es de los pocos escritores que escribe como habla. Algunos críticos, como Alí Medina Machado (1994), consideran que su carrera literaria se inicia en 1944 con Silencio de tu nombre, le siguen Transparencia (1947) y Patria del sueño (1961). Su obra trascendental en ensayo es El soneto en Venezuela (1962), luego escribe el Emocionario de Laín Sánchez (1965), Calificaciones (1966), Los nombres de la ciudad (1969), Alcor (1970) y en 1977, el magistral trabajo sobre Leyendas del Quijote. La serie El Parnasillo lo evidencia como un escritor que busca diseminar su arte entre todos, no hay exclusión ni en su obra ni en su pensamiento. Al Táchira lo conoce desde sus entrañas, una muestra de su sensibilidad por la geografía andina tachirense se refleja en Pueblos del Táchira (1982), obra que lleva a Guillermo Morón a expresar: “Las letras de Pedro Pablo Paredes se han formado en las praderas intelectuales más propicias: los libros y el pueblo cuotidiano (sic). Son las fuentes naturales para un escritor.” (1982: 9). A Bolívar le ha escrito con fina pluma, para destacar su visión civilista e intelectual, por eso sus trabajos se llaman: Bolívar escritor y Perfil de Bolívar. Es un humanista, de los clásicos, su referencia a las obras de Petrarca y Dante nos recuerdan su gusto por la literatura renacentista, quizá por eso nos conmina a leer siempre a Horacio Cárdenas en su trabajo sobre los estudios clásicos en Venezuela; la eliminación del latín y el griego en los estudios de bachillerato han empobrecido nuestro castellano. Pero por encima de todo, el humanismo de Pedro Pablo Paredes es cervantista, y en sus propias palabras propiamente quijotista. Las obras de Suárez, Caro, Cuervo, Marroquín, Pombo, Valencia, Sanín Cano, Carranza, Casas y Téllez son un referente sistemático en su prosa y poesía. Su trayectoria en la literatura venezolana le mereció el Premio Nacional de Literatura en 1992, aunque ya en 1977 había obtenido el Premio Municipal de Literatura, en Caracas. Y el concepto por la poesía lo resume en la admiración por la trilogía de poetas venezolanos de todos los tiempos, y no duda en afirmar, que son: Andrés Bello, José Antonio Maitín y el tachirense Manuel Felipe Rugeles. Por Emilio Constantino Guerrero guarda un afecto especial, hasta el punto de afirmar: “si yo fuera presidente de la República mandaría a editar su novela Sangre patricia y la colocaría en la entrada de los grandes centros comerciales para que la gente la llevara de gratis”. Esta vocación le llevó igualmente a fundar y participar en varias peñas literarias, entre las que se destacan: el Grupo Yunke, La Cueva Picto-lírica, El Parnasillo, la Peña Manuel Felipe Rugeles, la Peña Horacio Cárdenas Becerra y el taller poético literario Zaranda.

En la Sociedad Bolivariana del Táchira siempre será recordado por ser el más ferviente impulsor del llamado Boletín de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, Centro Correspondiente al Estado Táchira, del cual fue su coordinador, en la época en que Francisco Fontiveros Casanova fuera el presidente. Allí estuvo al lado de Nicolás Rubio Vargas, Edgar Velandia, Pedro R. Villasmil, Charito de Jugo, Nerio Leal Chacón y J. J. Villamizar Molina. En el recuerdo perenne estará siempre el homenaje In Memoriam realizado al extinto Horacio Cárdenas Becerra en 1986.

En la Academia de Historia del Táchira su nombre aparece vinculado a la segunda etapa, ocupando el sillón XII del antiguo Centro de Historia del Táchira, que en su momento estaba integrado en el siguiente orden de los sillones: Rafael María Rosales, Monseñor Edmundo Vivas, Luis Eduardo Pacheco, Aurelio Ferrero Tamayo, José Quintero García, Félix María Rivera, Amenodoro Rangel Lamus, Ramón José Velásquez, Pío Bello, s. j., Horacio Cárdenas, Mons. Carlos Sánchez Espejo, Pedro Pablo Paredes, José García Rodríguez, José Antonio González C., Ilia Cira Rivas de Pacheco, Xuan Tomás García Tamayo, Emiro Duque Sánchez y J. J. Villamizar Molina. Y ejerció sus funciones como sub-director, acompañando a Aurelio Ferrero Tamayo en la presidencia, para el periodo 1970-1971. Hoy queremos también recordar que el Boletín del Centro de Historia del Táchira se imprimía en los Talleres Tipográficos del Ejecutivo del Estado, por gentil disposición del Dr. Rad Rached, Primer Magistrado Regional.

Pedro Pablo Paredes fue, es y será, un gran animador de las publicaciones. Recuerdo que en sus últimas participaciones a las reuniones ordinarias de la Academia de Historia, en casa del Dr. Aurelio Ferrero Tamayo, se presentó con dos obras: Colombia en el corazón (2001) y Pura música (2002) y me dijo soto voce: “así deberíamos hacer todos en cada reunión, presentarnos con libros, para que estas reuniones no sean de chismes y discusiones banales”. Lamentablemente estamos en deuda todavía, pero seguiremos en el compromiso de poder hacer ciertas sus palabras. Por eso, cuando pensamos en un homenaje para Ud., apreciado maestro Pedro Pablo Paredes, no dudamos en presentarle una muestra de las publicaciones de los Individuos de Número de las realizadas a partir del año 2000. En el entendido, de que no hay para un amante de los libros y de la sabiduría un regalo más grande.

Como ser humano, Pedro Pablo Paredes es un canto a la humanidad. En él habita lo sublime y lo profano, ha sabido vivir la alegría de la vida pero no le teme al dolor. Cuando tuvo que soportar estoicamente la enfermedad de su hijo, le acompañó, sufrió con él, y siempre estuvo a su lado para aliviarlo y verlo morir en sus brazos. Es un hombre que ha sido humano, demasiado humano.

Como Padre, sus hijas le reconocen como un ser especialísimo, así afirma Laura Paredes de Biaggini: “Papá siempre ha sido un ejemplo a seguir, le admiramos, le seguimos, es todo para nosotros”. Leda Paredes, quien le acompañó en el acto solemne de la Academia de Historia y de la Sociedad Bolivariana del Táchira, se expresó con gratitud. Y la gran ausente, su esposa, Doña Carmen Zambrano de Paredes, quien ya goza de la gloria de Dios.

Entre sus amigos, Pedro Pablo Paredes cuenta con una de las más aquilatadas amistades; se trata del poeta José Antonio Escalona Escalona, coetáneo, estudiaron juntos, fueron compadres de matrimonio mutuamente, y hasta la nominación al Premio Nacional de Literatura fue conjunta; el respeto es tan grande que J. A. Escalona se retiró al saberse compitiendo con su amigo del alma. La identificación entre estos dos poetas la expresa J. A. Escalona al afirmar: “somos dos almas gemelas”.

Desde el punto de vista de la antropología filosófica le debemos la definición más certera de los venezolanos, quizá sin muchas estadísticas y sin muchos cálculos, pero es igual de certera. Así manifiesta: “Nosotros no somos historiadores; ni somos sociólogos; ni somos politólogos, como dicen ahora. Pero, tanto en la clase como en la conferencia, hemos sostenido la tesis que nadie ha contradicho ni de boca ni de pluma.” (2001: 100) y continua: “hay dos tipos de venezolanos: los de la Montaña y los del Llano. Los de la Montaña somos seres organizados, aún en la más extrema pobreza, nuestras casas están barriditas, y las gallinas en el corral; mientras el hombre del Llano es un hombre que vive a sus anchas, de bragueta abierta, y con las gallinas encima del comedor”. Y sentencia: “hasta que no se me demuestre lo contrario ese es el prototipo del venezolano”.

Es un grancolombiano a morir, su amor por Colombia lo ha llevado a estar expuesto incluso a la muerte. Me comentaba que en una oportunidad, en Mérida, tuvo que ser desalojado por la puerta trasera de un auditorio, porque lo querían linchar por afirmar en su conferencia que era colombiano a carta cabal. Y en su trabajo Colombia en el corazón (2001) nos manifiesta que “En el fondo y en verdad, los recelos en contra de la integración son característicos, al parecer, del subdesarrollo. Los países desarrollados tienen superado todo eso. Los países desarrollados, como son países cultos, son países integrados. Europa está, por caso, a la vista. Colombia y Venezuela, en este problema, no tienen para donde coger. O se integran para el desarrollo, o se desarrollan por separado, pero a un costo casi inalcanzable” (p.101).

En este sentido, como una manifestación de su afecto por Colombia se le otorgó la distinción Orden al Mérito de la Confraternidad Bolivariana, instituida por la Sociedad Bolivariana del Táchira el 3 de octubre de 2006 para honrar la memoria de quienes se han destacado por el espíritu de hermandad grancolombiana. Y al mismo tenor, se le entregó la condición de Miembro de la Academia de Historia del Norte Santander, distinción emanada de esta corporación.

Esta es la enseñanza del nacido en La Raya, en la Mesa de Esnujaque, Estado Trujillo el 21 de enero de 1917, tachirense de vocación y colombiano de corazón. O como también gusta decirlo, y que Pablo Mora nos lo recrea hoy: “trujillano de nacimiento, merideño de crecimiento y tachirense de sentimiento”. Es considerado junto con Mons. Jesús Manuel Jáuregui Moreno y Mario Briceño Perozo como la trilogía trujillana que más ha aportado al Táchira y a la andinidad en el cultivo de la elite intelectual. Realizó la Escuela Primaria en la Escuela Canónigo Uzcátegui, de Timotes. Entre las curiosidades de su vida está la anécdota, según la cual, la primera lectura del Quijote la hizo a los ocho años, y el libro se lo cedió un pulpero de su pueblo. Estudió la Educación Secundaria en la Escuela Normal de San Cristóbal, siendo sus condiscípulos J. A. Escalona, Marcos González y Josefina Bustamante de González. Maestro Normalista (1943) y Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas (1953). Su jubilación del Ministerio de Educación data del año 1964, pero fue en ese preciso momento cuando comenzó su trabajo en la Educación Superior, ejerciendo su ministerio por más de 25 años en la Universidad Católica del Táchira. Fui testigo de excepción, cuando asistimos al acto realizado por la UCAT en homenaje al primer jubilado formalmente por esa entidad.

Apreciado maestro, Pedro Pablo Paredes permítame tomar prestadas sus propias palabras para finalizar, aquellas expresadas como desideratum del ser humano: “el hombre se realiza no tanto donde actúa, con todos los hierros de cada día; sino que se realiza, de veras, donde quienes tienen oídos para oír, como dice la Biblia, le oigan”. Hoy nos reunimos para decirle que estamos prestos a oírle y que su legado cultural será un compromiso de vida.


ANEXO
EXPOSICIÓN DE OBRAS PUBLICADAS POR LOS MIEMBROS DE LA
ACADEMIA DE HISTORIA DEL TÁCHIRA

I. TESIS DOCTORALES
  • (2005) Mogollón, Ligia Esther. San Cristóbal, ciudad y territorio en el siglo XX. San Cristóbal: UNET, 240 pp.
  • (2004) Mora García, José Pascual. La dama, el cura y el maestro en el siglo XIX. Mérida: Consejo de Publicaciones ULA, 498 pp.
  • (2003) Sánchez, Samir. San Cristóbal: Urbs Quadrata. San Cristóbal: UCAT. 838 pp.
  • (2001) Torres Sánchez, Jaime. Haciendas y posesiones de la Compañía de Jesús en Venezuela: El Colegio de Caracas en el siglo XVIII. Sevilla: CSIC. 341 pp.
  • (2000) Carrero, Manuel. Cipriano Castro, el imperialismo y la soberanía nacional venezolana, 1895-1908. Caracas: BATT.

II. CAPÍTULOS EN LIBROS COLECTIVOS

  • (2006) Lugo Marmignon, Yariesa. “Arqueología de la memoria escrita. Requiem para un becerro”, en Casado, Manuel et al. (Comp) Escrituras silenciadas en la época de Cervantes. Universidad de Alcalá de Henares (España)-Universitá di Bologna (Italia). 499-510 pp.
  • (2003) Méndez Salcedo, Ildefonso. “Ramón J. Velásquez: una bibliografía selectiva”, en: AA/VV. Ramón J. Velásquez, estudios sobre una trayectoria al servicio de Venezuela. Caracas: Universidad Metropolitana; ULA-Táchira. 399-404 pp.

III. LIBROS

  • (2006) Hernández Contreras, Luis. Bodas de Oro de la Escuela de Música Santa Cecilia. Mérida: Esuela de Música Santa Cecilia. 328 pp.
  • (2006) González Escorihuela, Ramón. ¡Gómez único! Ezequiel Vivas y la consolidación del gomecismo. San Cristóbal: ULA. 198 pp.
  • (2006) AA/VV. Aurelio Ferrero Tamayo, último hidalgo tachirense. Mérida: Academia de Historia del Táchira. 96 pp.
  • (2006) Méndez Moreno, Ricardo. Páramo amigo. San Cristóbal: Litoformas. 99 pp.
  • (2005) Velásquez, Ramón J. La caída del liberalismo amarillo. Caracas: Norma. 510 pp.
  • (2005) González Romero, Jesús. Pensamiento y vicencias. San Cristóbal: Litoformas. 710 pp.
  • (2004) Ferrero de Romero, Cecilia. Memorias familiares. San Cristóbal: Arauco. 236 pp.
  • (2004) Santander. Gilberto et al. Grupos subversivos más allá y más acá de la frontera. San Cristóbal: Litoformas.
  • (2002) Rojas, Reinaldo. De Variquecemeto a Barquisimeto. Barquisimeto: Fundación Buría.
  • (2002) Durán, Reina. Adriana y sus andanzas. San Cristóbal: Litoformas.
  • (2001) Paredes, Pedro Pablo. Colombia en el corazón. San Cristóbal: Virgen de la Consolación. 186 pp.
  • (2000) Rojas Moreno, Fanny. La propiedad territorial en la antigua jurisdicción de La Grita. San Cristóbal: Litoformas.

IV. DISCURSOS

  • (2006) Villamizar Molina, J. J. Discurso de Orden en el Sesquicentenario de Creación de la Provincia del Táchira. San Cristóbal: Concejo Municipal de San Cristóbal.

Thursday, January 18, 2007

Un vaso de bon vino

Fotografía: Pedro Pablo Paredes. San Cristóbal, 2006. Fuente: ehm publicidad, Affaire Magazine, año V, núm. 20, San Cristóbal, abril 2006, p. 2.

Pablo Mora

Nació en Trujillo, La Mesa de Esnujaque. Creció en Mérida, Timotes. Se formó, realizó en el Táchira, San Cristóbal. Huelga decir que es trujillano de nacimiento, merideño de crecimiento y tachirense de sentimiento. Si brindó tantas veces ¡Por los Andes! hoy son ellos quienes brindan por él, en sus noventa años de mundo íntimo construido a pulso de júbilo.
Ni alto, ni bajo, es de tamaño mediano. Ni fuerte, ni débil, su complexión es regular. Lo distinguen un mentón anodino, unos maxilares recios, cuadrados; unos pómulos chinescos; una nariz decididamente socrática; unas cejas sin solución de continuidad; una frente amplia; un pelo que ya poco cuenta; una nuca como despeñadero; la clásica cabeza del andino. Porta en sus actitudes, palabras, ademanes, acentos, el sello definitivo de su tierra. Hoy con paso sereno de estantigua, asendereado caballero, junto al Torbes a sus pies, ve pasar la niebla sobre sus cuarteles, sobre su ciudad, en tanto un cristofué da razón de su soñaje.
De Nación, tímido, perviven, en su alma, rincones de sombra, miedos que no han podido vencer los años. Más retraído que sociable, más apartadizo que contertulio. Un tanto hosco, resulta siempre cordialísimo. Con José Ortega y Gasset, sabe que "todo verdadero poeta nos plagia".
Serio casi siempre, gusta, sin embargo, de ir poniendo una notita, mínima pero certera, de humor en la vida. Sin explicarse ni la maldad, ni la tristeza, en las gentes, así sean las del Ateneo o la mera plaza. La alegría, dice, es el único bien que, repartiéndolo, aumenta siempre.
Carente de compromisos religiosos, pobre en negocios, apenas si se le vio sacando cuentas. Adicto a la justicia, está con los más. Cree, catador de emociones y de gozos, en la belleza. El sueño, el asombro, explican su vida, sus puntos y comas de poeta. La emoción es la razón suprema, capital, de su vida. Le redimen, de pronto, los instantes, con igual eficacia enjubiladora: el trino de un pájaro, la luz del campo después que pasa la lluvia, el sol de los venados, la alta candidez de la nieve, el pueblo prendido a su ladera, una bella mujer que se pierde entre la niebla, el camino que ya nadie transita. La soledad. El humo dormido. El camino viejo. Los pequeños misterios. El cafetal en flor. La ciudad espiritual. Una velada. El bucare encendido. Una hoja seca. Un ave insomne. Un día azul. Todo. Por ello, orgullosamente, proclama: En cuanto a arte, solamente nos mueve la belleza, dondequiera que aparezca. En punto a política, solo nos compromete el hombre, el mismo en todas partes: siempre, como nosotros, eso sí, de cara al porvenir.
Sacamos a Pedro Pablo Paredes a vista de ojos, ponemos en limpio unas cuantas emociones suyas, obedeciendo a su ideal de que la belleza debe ser rescatada. Él se percatará, con toda probabilidad, de estas notas. Enorme tal vez su sorpresa. Si negativa, lo satisfará, cuando menos, lo fieles que somos a su desdén por el énfasis, a su indiferencia por la originalidad. Su ciudad espiritual, su Patria del sueño, de alegre cielo y apacible temple, se llena de silbos y nostalgia debajo de la sien memoriosa. La dulce curva de sus colinas se afina en la niebla de nácar. La emoción nos indica que existimos. De gozo tiembla la comarca en indefinible azulidad. Porque toda dicha verdadera inspira unánime respeto: es amor, enigma, triunfo, plena vida, levantemos un vaso de bon vino por su júbilo, su vida, por la empresa gallardamente cumplida, al pie de la alegría. ¡Ad multos annos!

Algunas páginas del escritor

SAN CRISTÓBAL

Si no fuera este alegre cielo mío
y este apacible y plácido tempero
que marca sin cesar mi derrotero
con puntos suspensivos de rocío.

Si no fuera la lluvia y el estío
y el verdor de este valle verdadero
que lleva al pecho su mejor lucero
y al cinto siempre su invencible río.

Si no fuera esta luz y esta neblina
que le pone turbante a la colina
para que entre en la noche misteriosa.

Dímelo tú no más: ¿de qué manera
tendería a tus pies esta pradera
y el corazón también como una rosa?

Fuente: Pedro Pablo Paredes. Gavilla de lumbres. 3a. ed. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 2000, p. 83.


LA CIUDAD CONTIGO

La ciudad, contigo, es una
nueva ciudad. Va la brisa
cantando. Sale la luna
cantando. Llevan su prisa
las aguas ya sin ninguna
prisa, por entrañar, sola,
tu imagen. La ciudad suelta
sus pájaros. Y enarbola
su afán de ser –cual tú– esbelta
llama, dulzura, corola.


RÍO

Al fondo del Valle. Espejo
de la ciudad, de ti. Acaso,
va en sus aguas gozo viejo
y afán nuevo… Paso a paso,
pone bajo su reflejo
el cielo en lo alto del día,
la colina, la alborada,
y el pájaro. Y la alegría
con que enciende tu mirada
la perfecta compañía.

Fuente: Pedro Pablo Paredes, Breve antología en verso. 2a. ed. San Cristóbal: Gobernación del Estado Táchira, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 2000, pp. 57 y 65.

EL TORBES
Mi amiga y yo, desde el balcón, nos hemos quedado mirando el Torbes. Apenas movemos los labios. Nos entendemos mejor con el silencio. Ella ama, tanto como yo, este paisaje.

El aire de enero está absolutamente límpido. Tiemblan, acariciadas por él, las lontananzas. Las colinas, tanto hacia Zorca como hacia el Tamá, destacan nítidos sus perfiles. Los árboles parecen todos tocados, poseídos por el mismo júbilo. Entre unos y otros, tendiendo el hilo invisible del trino, pasan arrebatados los pájaros. Brígida y yo, abstraídos, miramos pasar el Torbes.

El Torbes, estos días, parece también, como el año, recién nacido. Pasa y pasa, siempre cantando. Entonándole, más bien, a la ciudad, como el más fiel de sus enamorados, su inagotable “madrigal de agua”. Ostenta ahora su más grata limpidez. Cuando lo miramos, tornando los ojos hacia la vecina Táriba, brilla, traspasado de blancura. Centra, de meandro en meandro, el valle todo. Lava los pies de los bucares; refresca el afán de las alfarerías; entraña las nubes supremas; y se lleva, como el más esbelto recuerdo, la silueta de esa garza que lo ve pasar, pensativa, clavada en el agua sobre una sola pata.

EL HUMO DEL ALFAR

Solemos conversar, tanto por la mañana como por el mediodía, así por la tarde como por la noche, frente al Torbes; teniendo, más allá del agua apacible, los verdes de Zorca. Estos, siempre distintos y siempre los mismos, nos apaciguan.

De los alfares ribereños, lo que más nos place es el humo. Sale sin descanso de las oscuras chimeneas, aire arriba, cielo arriba, en variables volutas. Estas volutas se destacan, perfectamente grises, sobre el verde del fondo. Brígida, viéndolas, piensa en el genio de las fábulas, que brota de su redoma a satisfacer los más exquisitos deseos. Yo, en cambio, evoco la danzarina que se retuerce en el aire, echa las manos al cielo, entrecierra los ojos y va abandonando los siete velos de la leyenda.

Brígida calla; callo asimismo yo. El humo del alfar vale por todos los coloquios. Y, desde luego, por todas las evocaciones. A toda hora lo vemos, con Zorca al fondo, escalar su cielo siempre de “sacro azul irresistible”.

LA NIEBLA

Se han sucedido hoy, una tras otra, las lloviznas. Lloviznas suaves, tenues, delicadas, que le han velado la faz a la ciudad. Entre una y otra, ha insistido en esplender el sol. Extraordinaria frescura flota, trémula, dondequiera que posamos los ojos.

Al caer la tarde, me he encontrado con Brígida. Hemos recorrido, juntos, gran parte de la ciudad. Sólo por contemplar, desde los mejores ángulos, la niebla. Esta ha descendido, lenta y espesa, por las faldas de Pirineos; del otro lado, por las colinas de Zorca; y ha cerrado, casi por completo, las lontananzas del sur y del norte.

Nosotros, de repente, le tendemos la vista al Tamá. Las montañas, por allí, nos ofrecen espectáculo perfecto. Oscuras al ras del horizonte, de azul pizarroso contra el otro azul más claro del cielo, están ceñidas a la altura del talle, como doncellas de fábula, por la gasa inconsútil. Esta es cada vez más limpia: blanca de toda blancura. Tal vez para contrastar, lo mejor posible, con la noche que se aproxima. Toda la ciudad, pues, se nos presenta transformada por la hora crepuscular en la “aldea en la niebla” de quien, tan bien, nos habló el poeta.

Fuente: Pedro Pablo Paredes, La ciudad contigo. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984, pp. 13-14, 46-47 y 66-67.


ALDEA EN LA NIEBLA

Los que conocieron primero la tierra, presintiendo la ciudad que sobre ella sería, la llamaron, de un solo golpe de efecto, Zorca. El lugar sería llamado, un poco más tarde, Valle de Santiago. Sobre él, en su centro y ya en tercera instancia, pararía sus andanzas el fundador. Le correspondió al Capitán Juan Maldonado y Ordóñez de Villaquirán, castellano, ordenar los primeros cimientos. Poner a nadar, más bien, la Villa de San Cristóbal. Valle y Villa, hechos el uno para la otra, enfrentan desde entonces el destino. Cuando acertó a venir el cronista, justificó al torero y justificó al fundador. Halló la tierra – Valle y Villa– tan “de alegre cielo como de apacible temple”. Otra manera, no menos poética, de nombrarla. Otra manera de quererla.

La Plaza Mayor, hoy Plaza de Maldonado, centró las edificaciones primeras. Ubicó y asentó los primeros vecinos. Inspiró las ocupaciones de los primeros días. Estos, naturalmente, comenzaron a correr. Y, corriendo que corrían, la villa primera fue creciendo, creciendo. Fue, digamos, tomando posesión de la tierra. Moviéndose, como quien dice, hacia los costados oriental y septentrional. Se multiplicaron las calles; tuvo nuevas carreras; aparecieron callejones insospechados; hubo otras plazas y otros templos. Si hubiera resucitado el Capitán Maldonado, de pronto, si de pronto hubiera regresado el cronista, ninguno de los dos hubiera reconocido la Villa. De Villa niña o moza que había sido, había pasado a ser, ya, mujer. Hecha y derecha. Tan hermosa como la conoció el tororo. Tan esbelta como la moldearon los primeros vecinos. Con un signo, eso sí, que le vino de nación. El encanto natural que suele ostentar toda belleza. La gente lo ha llamado, con acierto, cordialidad.

Andando los años –los siglos– le nació a la tierra, al valle, a la villa, a la ciudad, el Poeta. El Poeta, como no podía ser menos, sintió, desde los momentos iniciales, el encanto del ambiente. Debió embelesarlo, más de una vez, el asordinado madrigal del Torbes, la fidelidad con que la niebla baja sobre la ciudad, se detiene sobre ella, se aleja, desaparece, vuelve, le pone bufanda contra el frío, le ciñe las sienes de inconsútil turbante; la gracia con que la cantan, sin cesar, todos sus pájaros; la perseverancia con que la mima, apasionada de veras, la luz; el júbilo que pone la brisa, todos los días, en esculpirla de nuevo. Debió asombrarlo, también, la agilidad con que la ciudad, segura de lo que hacía, escalaba sus colinas y hacía suya todas sus mesetas. Siempre al amparo de su “alegre cielo”; siempre bajo la conducción de su “apacible temple”. Siempre en pie de cordialidad. ¿Qué es más en ella, debió preguntarse en silencio el Poeta, su hermosura o su gracia, la belleza cambiante de la tierra o el misterioso hechizo del espíritu?

De momento, no debió poder responderse el propio Poeta. Estemos seguros de ello. Pero, un día entre los días, “se la fue sacando de su propio ser”. La fue descubriendo, como había hecho el tororo antiguo, dentro de su propia sensibilidad. La fue, como el famoso castellano, fundando para todos nosotros. Pacientemente; fervorosísimamente. Verso por verso y poema por poema. Y, como en toda fundación verdadera, el Poeta comenzó por nombrarla. Como tantos que le habían precedido, la reconoció radicalmente bella. Sin vacilar, pues, de un solo golpe de corazón también, le puso nombre “alto, sonoro y significativo”. La llamó Aldea en la Niebla.

La más humilde de las palabras, aldea, tomó, de repente y por obra de gracia del genio lírico, categoría suprema. Tanto, que, hoy por hoy, no sabemos determinar si fue que creó al sólo nombrar; o fue que, al revés, nombró al sólo crear. Con ese hecho estético el Poeta, tal vez sin conciencia cabal de lo que quería decirnos, nos dijo que “la dicha consiste en quedarse aquí para siempre”. De entonces acá, viendo crecer y crecer la ciudad, nos hemos olvidado de que pudo llamarse Zorca. Nos hemos olvidado de que, en principio, fue Villa. Nos hemos olvidado, casi del todo, de que pervive bajo la advocación del viejo santo –el pasado– que cruza el río sólo por poner el niño –el porvenir– que lleva en el hombro en la orilla. Es que en nuestra Aldea en la Niebla sigue rumoreando el Torbes; jugueteando la brisa; pintando jardines la luz; pasando y tornando a pasar la niebla; cantando sin término “los pájaros en la tarde”.

Si el Poeta, como querían los griegos, pudiera escaparse del Hades, siquiera por un instante, no caería del asombro. El, que nunca creyó en otra aldea, que nunca soñó en otro cielo, que nunca pensó en otra tierra, tendría que volver a descubrirse la ciudad nativa. Cuan larga es: desde Las Lomas hasta La Concordia. Cuan ancha es hoy: desde la orilla del Torbes hasta las cimas de Pirineos. Con muchas más calles, con muchos edificios y templos, con muchas más gentes de todas clases. Pero siempre, eso sí, con su “alegre cielo” y con su “apacible temple”. Cada vez más grande y más honda en el corazón de todos. Mejor dicho: cada vez más cordial. Y comprobaría, para su más íntimo júbilo, que el principal fundador ha sido él mismo. Porque, a pesar de desarrollos y crecimientos insospechados, la ciudad sigue siendo, Aldea en la Niebla, que es eterna. Una “ciudad de siempre”.

Fuente: Pedro Pablo Paredes, Pueblos del Táchira. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1982, pp. 129-131.

Hitos de una trayectoria intelectual


Fotografía: Pedro Pablo Paredes. Sin lugar ni fecha. Fuente: Pedro Pablo Paredes, Calificaciones. Caracas: Asociación de Escritores Venezolanos, 1966, p. 3.

Investigación y redacción:
Ildefonso Méndez Salcedo
ildefonsomendez@yahoo.com

NACIMIENTO
  • Nació en La Mesa de Esnujaque, Estado Trujillo, el 21 de enero de 1917. Vivió su infancia y adolescencia en Timotes, Estado Mérida.

MATRIMONIO

  • Contrajo nupcias con doña Carmen G. Zambrano, abogada de profesión, con quien procreó cinco hijos: Rafael Augusto, Laura, Leda Adaurima, Pedro Pablo y María Colombia.

ESTUDIOS REALIZADOS

  • Cursó la educación primaria en la Escuela Nacional “Canónigo Uzcátegui”, en Timotes, hasta concluirla en 1933.
  • Se recibió de Maestro de Educación Primaria Urbana en la Escuela Normal Federal de San Cristóbal, Estado Táchira, en 1943.
  • En el Instituto Pedagógico Nacional, en Caracas, obtuvo su grado de Profesor de Castellano, Literatura y Latín, en 1953.

ACTIVIDAD DOCENTE

  • Educación Primaria: Ejerció como maestro, subdirector, director y supervisor en instituciones de Valera, Escuque, Betijoque, Barquisimeto, Caracas y San Cristóbal.
  • Educación Normal: Se desempeñó como profesor y subdirector en instituciones de Caracas y San Cristóbal.
  • Educación Superior: Trabajó como profesor en la Universidad Católica “Andrés Bello”, Extensión Táchira, y luego en la Universidad Católica del Táchira.

ACTIVIDAD PERIODÍSTICA

  • Colaborador de Vertical, vocero de la Escuela Normal Federal de San Cristóbal (década de 1940).
  • Articulista en la Revista Nacional de Cultura, Caracas (desde 1949).
  • Colaborador del Papel Literario de El Nacional, Caracas (desde 1956).
  • Director de Vanguardia Literaria, suplemento del diario Vanguardia, San Cristóbal (década de 1960).
  • Colaborador del diario Vanguardia, San Cristóbal (décadas de 1960 y 1970). Título de la columna: Memorial.
  • Colaborador del Diario Católico, San Cristóbal (década de 1980).
  • Colaborador del Diario La Nación, San Cristóbal (desde la década de 1980). Título de la columna: Cartel.
  • Coordinador y articulista de la Hoja Cultural, Diario La Nación, San Cristóbal (década de 1980). Título de la columna: Palique bibliográfico.

ACTIVIDAD CULTURAL

  • Miembro del grupo “Yunke”, San Cristóbal (1942), bajo cuyo sello editorial apareció su poemario Silencio de tu nombre (1944).
  • Miembro del grupo “Cinco y Seis”, Caracas (década de 1950), formado por seis integrantes de la llamada “generación del cuarenta”: Orlando Araujo, José Antonio Escalona Escalona, Rafael Ángel Insausti, José Ramón Medina, Pedro Pablo Paredes, Oscar Sambrano Urdaneta.
  • Animador de la peña literaria “Manuel Felipe Rugeles”, San Cristóbal (desde 1960).
  • Individuo de Número del Centro de Historia del Táchira, San Cristóbal (1968).
  • Miembro fundador del grupo “El Parnasillo”, San Cristóbal (1970), desde el cual publicó su poemario Gavilla de lumbres (1976).
  • Promotor de la Asociación de Escritores Venezolanos, Seccional del Táchira (década de 1970).
  • Animador del taller literario “Zaranda”, San Cristóbal (desde 1979).
  • Presidente de la Sociedad “Salón de Lectura”, Ateneo del Táchira, San Cristóbal (1981-1982).
  • Animador del grupo cultural “Ariete”, San Cristóbal (desde 1982).
  • Individuo de Número de la Academia de Historia del Táchira, San Cristóbal (1991).
  • Miembro Emérito de la Academia de Historia del Táchira, San Cristóbal (1997).

RECONOCIMIENTOS

  • Premio Municipal de Literatura, Distrito Federal, Caracas, 1977.
  • Premio Nacional de Literatura, Caracas, 1992.


Algunas opiniones sobre su obra



LA CIUDAD CONTIGO

Paredes, tal como ha transcurrido la literatura tachirense hasta la hora contemporánea, se ha convertido en el poeta por antonomasia de San Cristóbal. Nadie como él ha elevado la ciudad a estratos tan líricos. El Quijote y San Cristóbal –ya lo dijo en labios de Laín Sánchez– han sido los encuentros más grandes de su vida. En toda la obra del bardo se levanta, en alto relieve, su adoración por la ciudad: en sus poemas, en sus ensayos, en sus estampas. Pero hay un libro especial en este sentido. Un libro singular, único en su especie en nuestras letras. Es La ciudad contigo. Es un poemario –como es de suponer– escrito en prosa. Para adentrarse en el alma de la ciudad, que es su paraíso, el poeta, como visitante de esferas celestes, se acompaña de una fascinante, dulce y espiritual mujer y musa. Es Brígida Baldó. Ella, algunos momentos, hace las veces de Beatriz, otras de Dulcinea. Pero siempre está presente, en cuerpo y alma, con sus sentidos y con su espíritu. Está en cada instante, frente a cada rostro, ante cada voz de la ciudad. El trovador –de la mano, y unido al alma de Brígida– va visitando cada plaza, cada calle, cada fuente, cada estatua. Sale y enhebra madrigales en los alcores, junto al “río tutelar”, frente al “arpa gigantesca” del Puente Libertador. Vive momentos fundacionales en la Plaza Juan Maldonado y penetra en la Catedral para vigorizar su estro con la seguridad de San Cristóbal y el martirio de San Sebastián. Su plectro se enerva de entonaciones de aventura, y entonces se da a la ronda por los caminos, por las aldeas, por los balcones naturales, poseído de una alacridad que le hace ver más hermosos y floridos los bucares y apamates, los limoneros y las rosaledas. En el ramillete cautivante de sus poemas, el trovador coloca nombres a toda cosa, a todo motivo, a toda imagen: allí el templo del Divino Redentor, la Torre Josefina, el Salón de Lectura, la Cuesta de Filisco; allá Cordero, Paramillo y Zorca; Palmira, la Colina de Toico y el Cerro del Cristo. El poema se inunda, además, con los elementos sustanciales de San Cristóbal: sus cocuyos, sus cometas y sus trompos; sus gorriones, surrucucos y copetones. Cualquier objeto de la ciudad, cualquiera de sus destellos, cualquiera de sus animados integrantes, hacen pulsar la lira. Nunca antes, San Cristóbal, había sido recinto poético de tanta variabilidad y de tanta intensidad. En este sentido –igualmente– Paredes supera a todos los poetas que han existido hasta hoy en nuestra literatura. Y, siempre, a medida que una estrofa del prosador –es decir, una estampa– se entreteje con la otra, surge, poderosa, la comunión del poeta con San Cristóbal y la comunión con su ideal compañera. Por eso, el bardo expresa, que la ciudad, por intermedio de la lengua rumoreante del surtidor, le ha estado hablando. Brígida contesta que podrían quedarse oyéndola por toda la eternidad. El poeta concluye su concepto. Confiesa que él siente, con exactitud, lo mismo. La ciudad contigo es el poema más bello y completo que hasta ahora se ha escrito a San Cristóbal.

Fuente: J. J. Villamizar Molina, “Pedro Pablo Paredes en la literatura tachirense”, en: Pedro Pablo Paredes. Breve antología en verso. 2a. ed. San Cristóbal: Gobernación del Estado Táchira, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 2000, pp.26-27.


PUEBLOS DEL TÁCHIRA

Las letras de Pedro Pablo Paredes se han formado en las praderas intelectuales más propicias: los libros y el pueblo cuotidiano. Son las fuentes naturales para un escritor. Son fuentes y una fuente, la misma corriente de la lengua, vivo el pueblo en la tradición literaria, activa la escritura en las aguas del habla popular. Porque este excelente escritor ha leído con pasión y atención los mejores libros de nuestro idioma, ha podido escribir Leyendas del Quijote (1976) y Tema con variaciones (1975). Porque este clarísimo escritor de lengua española ha conocido, compartido y convivido con el pueblo venezolano, ha escrito Emocionario de Laín Sánchez (1965), y esta mata de limones dulces que titula Pueblos del Táchira.

Pedro Pablo Paredes es un poeta, en consecuencia un escritor de profunda vocación. La poesía estará siempre presente en la literatura. La prosa de un poeta gana sensibilidad. Cuando escribe ensayo sale de sus terrales la poesía, la emoción, la fragancia de los lugares más suaves y hermosos de la tierra tachirense, a cuyo amor aquí dedica su prosa, agua clara y fresca.

Podría ensayar, con estos textos, una lectura a propósito de la identidad venezolana, a propósito de la lengua propia de nuestro pueblo, el español. La lengua es portadora de la identidad. La identidad está consustanciada con el idioma. En estos textos de lengua española encontrará usted la más preclara estirpe del idioma: “La más humilde de las palabras, aldea, tomó de repente y por obra y gracia del genio lírico, categoría suprema” (Aldea en la niebla). Proviene del cultivo de y del culto a los clásicos, desde los más antiguos, en la tierra creadora del idioma, hasta los más recientes, aquí mismito, en la tierra hacedora del idioma.

Pero en estos textos encontrará quien quiera leerlos el modo propio del pueblo: “Entramos en Borotá con suficiente tempranía” (Mañana en Borotá). El equilibrio entre la tradición escrita y la fuente cuotidiana, constituye el gran secreto de este escritor, quien ha logrado de este modo convertirse en portador, en sus letras, de todo el ser de la identidad del pueblo venezolano en su cimera expresión cultural.

Fuente: Guillermo Morón, Presentación, en: Pedro Pablo Paredes. Pueblos del Táchira. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1982, pp. 9-10.


EMOCIONARIO DE LAÍN SÁNCHEZ

Libro que esperaba una reedición masiva este Emocionario de Laín Sánchez, de Pedro Pablo Paredes, en el cual se cuenta la historia viva y vivida de Los Andes venezolanos, desde la punta del pico Bolívar hasta La Raya, esa ilusoria razón geográfica que demarca linderos estadales, pero con tanta gallardía que se nos vuelve savia cada párrafo, cada página, cada crónica.

En alguna oportunidad hubimos de decir que Viaje al amanecer de Mariano Picón Salas y Emocionario de Laín Sánchez de Pedro Pablo Paredes, son los dos grandes libros de nuestra tierra andina, conllevando un amasijo de cariñosas unturas por sobre la piel de toda Venezuela. Entre los dos, insoslayables escritores, le dieron en nuestras regiones del frailejón y de los páramos, los toques finales a la biografía del monumento inconmensurable en que hemos nacido.

Pedro Pablo tiene en Emocionario de Laín Sánchez, vuelo y fatiga desde cuando con la greda fresca podíamos hacer pájaros y hombres, bestias y niños, cerca de la quebrada o debajo de la sabrosa lluvia vespertina; y tiene oración de “salve reina y madre” y “alabado seas Señor” desde el candor de las mujeres campesinas que ven su futuro y su pasado a través de los cristales casi amargos de los desfiladeros, o que se duermen con el embrión adentro, pensativas y frescas, al arrullo del río poético que se desliza, despreocupadamente por entre riscos y mesetas.

El escritor azoriniano –porque Azorín es compañero suyo en la grandeza de la palabra escrita– creó este libro para la posteridad: es una obra inmortal, casi divina, en donde se moja de rocío la punta del alma informe o se desliza por el rostro de alguna dama enamorada una furtiva lágrima del tamaño de la perla más grande. Un libro de incalculables alcances, con la historia de Los Andes atragantada en varias geografías, especialmente en la de don Felipe Massiani: la geografía espiritual, y en otras: la del abrevadero de los pequeños cuadrúpedos, que cientos de kilómetros más abajo es el caudaloso río; la de la musicalidad entre las selvas y cerca a los despeñaderos; la del camino que no termina nunca o la del camino que de tanto andar sosteniendo pisadas resuelve quedarse frente a la puerta grotesca de un barbecho o frente a la choza humilde de un ermitaño, perdido en la lejanía de los azules de cielo y de montaña, con la luenga barba y las cotizas de rejo en cruz como para alejar los mitos con las brujas de escoba por corceles.

Fuente: Rafael Ramón Castellanos, Prólogo, en: Pedro Pablo Paredes. Emocionario de Laín Sánchez. 3a. ed. Caracas: Presidencia de la República, 1982, pp. 1-2.

Bibliografía selectiva de Pedro Pablo Paredes


Investigación y redacción:
Ildefonso Méndez Salcedo
ildefonsomendez@yahoo.com

BIBLIOGRAFÍA DIRECTA

1) Libros y folletos
  • A la luz de Bello. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 1998. 168 p.
  • Alabanza de la ciudad: poema. Prólogo: Juan Beroes. Caracas: [s.n.], 1947. 14 p.
  • Alcor. Caracas: [s.n.], 1970. 113 p.
  • Bolívar escritor. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua, 1984. 63 p. (Colección Lengua Viva, 2).
  • Breve antología en verso. Selección y notas: José Antonio Escalona-Escalona; Prólogo: J. J. Villamizar Molina. Caracas: Hugo Melguizo, editor, 1987. 99 p. (2a. ed. San Cristóbal: Gobernación del Estado Táchira, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 2000. 99 p.).
  • Calificaciones. Caracas: Asociación de Escritores Venezolanos, 1966. 93 p. (Cuadernos Literarios, 125).
  • La ciudad contigo. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984. 220 p. (El libro menor, 62).
  • Colombia en el corazón. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 2001. 186 p.
  • Emocionario de Laín Sánchez. Caracas: [s.n.], 1965. 201 p. (3a. ed. Caracas: Presidencia de la República, 1982. 201 p.).
  • Entre patria y patria. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 1999. 132 p.
  • Gavilla de lumbres. San Cristóbal: [s.n.], 1976. 37 p. (Cuadernos de “El Parnasillo”, 2). (3a. ed. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 2000. 86 p.).
  • Guillermo Morón, un clásico vivo. [San Cristóbal]: Universidad Católica del Táchira, 1998. 116 p.
  • Leyendas del Quijote. Prólogo: Guillermo Morón. Mérida (Venezuela): Universidad de los Andes, 1976. 184 p. (2a. ed. Buenos Aires: Embajada de Venezuela, 1979. 144 p.).
  • Mérida y Bolívar. Mérida (Venezuela): [s.n.], [1982]. 31 p.
    Los nombres de la ciudad. Valencia (Venezuela): [s.n.], 1969. 40 p. (3a. ed. San Cristóbal: s.n., 1978. 54 p.).
  • Patria del sueño: San Cristóbal. San Cristóbal: Sociedad “Salón de Lectura”, 1961. 7 p.
  • Perfil de Bolívar. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1981. 179 p. (El libro menor, 17).
  • Pueblos del Táchira. Presentación: Guillermo Morón. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1982. 263 p. (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 80).
  • Pura música. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 2002. 158 p.
  • San Cristóbal, ciudad de siempre. Nota introductoria: Lolita Robles de Mora. San Cristóbal: Fondo Editorial Toituna, 1998. 95 p. (Colección Narrativa Contemporánea).
  • Silencio de tu nombre. Prólogo: Régulo Burelli Rivas. San Cristóbal: Grupo “Yunke”, 1944. 57 p.
  • El soneto en Venezuela. Caracas: Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 1962. 205 p. (Biblioteca Popular Venezolana, 85). (3a. ed. Caracas: Monte Ávila Editores, 1985. 213 p.).
  • Tema con variaciones. Caracas: [s.n.], 1975. 272 p.
  • Transparencia. San Cristóbal: [s.n.], 1947. 82 p.

2) Ediciones, compilaciones y prólogos

  • Aymará, Dionisio. Huésped del asombro: obra poética completa. Presentación: Pedro Pablo Paredes. San Cristóbal: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 2000. 706 p. (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses; sin número). (Edición al cuidado de Pedro Pablo Paredes).
  • J. A. Pérez Bonalde. Compilación y estudio preliminar: Pedro Pablo Paredes. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua, 1964. 2 v. (Colección Clásicos Venezolanos).
  • Rugeles, Manuel Felipe. Antología. Selección y prólogo: Pedro Pablo Paredes. San Cristóbal: Ministerio de Educación, Cultura y Deportes; Consejo Nacional de la Cultura; Gobierno del Táchira; Dirección de Cultura y Bellas Artes; Fundación de Amigos de la Literatura Tachirense, 2003. 65 p. [Forma parte de la edición bifronte cuya otra cara contiene lo siguiente: Juan Beroes. Antología. Selección y prólogo: Ramón Ordaz. Mismo pie editorial. 187 p.].
  • Rugeles, Manuel Felipe. Poesías: Antología general. Selección: Oscar Sambrano Urdaneta; Prólogo: Pedro Pablo Paredes. [Caracas]: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1961. 219 p. (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 16).
  • Varios autores. Antología de la poesía venezolana contemporánea. Compilación: Pedro Pablo Paredes. Caracas: Asociación de Escritores Venezolanos, 1981. 398 p.
  • Varios autores. Cinco y seis del cuarenta. Compilación y notas: Pedro Pablo Paredes. Caracas: Gobierno del Distrito Federal, 1998. 141 p.
  • Varios autores. El poema venezolano en prosa. Prólogo y selección: Pedro Pablo Paredes. Caracas: Contraloría General de la República, 1989. 117 p. (Colección Medio Siglo de la Contraloría General de la República, Serie Letra Viva).

BIBLIOGRAFÍA INDIRECTA

  • Beroes, Juan. Prólogo, en: Paredes, Pedro Pablo. Alabanza de la ciudad: poema. Caracas: [s.n.], 1947.
  • Burelli Rivas, Régulo. Prólogo, en: Paredes, Pedro Pablo. Silencio de tu nombre. San Cristóbal: Grupo Yunke, 1944.
  • Castellanos, Rafael Ramón. Prólogo, en: Paredes, Pedro Pablo. Emocionario de Laín Sánchez. Caracas: Presidencia de la República, 1982, pp. 1-5. (Biblioteca de Temas y Autores Trujillanos, 7).
  • Escalona-Escalona, José Antonio. “Transparencia en la poesía de Pedro Pablo Paredes”, en: Paredes, Pedro Pablo. Breve antología en verso. 2a. ed. San Cristóbal: Gobernación del Estado Táchira, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 2000, pp. 9-13.
  • Morón, Guillermo. Prólogo, en: Paredes, Pedro Pablo. Leyendas del Quijote. Mérida (Venezuela): Universidad de los Andes, 1976.
  • Morón, Guillermo. Presentación, en: Paredes, Pedro Pablo. Pueblos del Táchira. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1982, pp. 9-10. (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 80).
  • Morón, Guillermo. “Sobre el escritor Pedro Pablo Paredes”, en: Paredes, Pedro Pablo (Compilador), Cinco y seis del cuarenta. Caracas: Gobierno del Distrito Federal, 1998, pp. 125-126.
  • Rivas Dugarte, Rafael Ángel y Gladys García Riera. Quiénes escriben en Venezuela: Diccionario de escritores venezolanos, siglos XVIII a XXI. 2a. ed. Caracas: [s.n.], 2006. 2 v. [Véase: “Paredes, Pedro Pablo”, t. M-Z, p. 585].
  • Robles de Mora, Lolita. Nota introductoria, en: Paredes, Pedro Pablo. San Cristóbal, ciudad de siempre. San Cristóbal: Fondo Editorial Toituna, 1998, pp. 5-6.
  • Universidad de los Andes. Diccionario general de la literatura venezolana: autores. Mérida (Venezuela): Universidad de los Andes, Centro de Investigaciones Literarias, 1974, pp. 548-549.
  • Villamizar Molina, José Joaquín. Ciudad de San Cristóbal, viajera de los siglos. San Cristóbal: Alcaldía de San Cristóbal, [1992]. [Véase: “Pedro Pablo Paredes”, pp. 417-418].
  • Villamizar Molina, José Joaquín. “Pedro Pablo Paredes en la literatura tachirense”, en: Paredes, Pedro Pablo. Breve antología en verso. 2a. ed. San Cristóbal: Gobernación del Estado Táchira, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 2000, pp. 15-27.
  • Villamizar Molina, José Joaquín. “Poeta de San Cristóbal”, en: Paredes, Pedro Pablo (Compilador), Cinco y seis del cuarenta. Caracas: Gobierno del Distrito Federal, 1998, pp. 121-123.

Pedro Pablo Paredes: "Escribir es para mí una necesidad perentoria"



Entrevista realizada por
Ildefonso Méndez Salcedo
ildefonsomendez@yahoo.com

EL MEDIO

Usted es un andino por los cuatro costados. Empecemos por referirnos a sus orígenes andinos.

Te recuerdo para comenzar que Ortega y Gasset hizo famosa una apreciación muy comentada que dice: el hombre no es solamente el hombre, es él y su circunstancia. De tal modo que, el hombre es hijo de su circunstancia. En el caso mío ocurre lo siguiente. Yo nací en La Raya, soy hombre fronterizo, y le voy a explicar por qué. Nací en una aldea que se llama La Raya, y se llama así, porque por su centro pasa el límite entre los Estados Trujillo y Mérida; es más, esa línea dividía a mi casa paterna en dos mitades, una trujillana y otra merideña. De esa casa había la misma distancia a la Mesa de Esnujaque que a Timotes, por lo que la gente de la aldea, se relacionaba para efectos jurídicos, comerciales o sociales, indiferentemente, o con la Mesa de Esnujaque o con Timotes, según la necesidad. En el caso particular de nuestra familia, estábamos relacionados con ambas localidades, aunque en mi caso, nací en la Mesa de Esnujaque, pero viví y me formé en Timotes.

Su vida en los Andes se distribuye en tres etapas, correspondiendo cada una de ellas a un Estado: Trujillo, Mérida y Táchira.

Así es. Le voy a dar algunas noticias. Concluí mi primaria en Timotes y empecé a pensar en la posibilidad de continuar mis estudios en otra parte. Me fui a Mérida interesado en las becas que ofrecía el Ministerio de Educación, para estudiar Educación Normal en San Cristóbal. Después de varios intentos y de un largo período de espera, me comunicaron que había sido elegido para estudiar becado en la Escuela Normal Federal de San Cristóbal, ciudad a la que llegué en noviembre de 1939. Allí estuve hasta que me gradué en 1943, de donde me enviaron a trabajar a escuelas del Estado Trujillo, sucesivamente en Valera, Escuque y Betijoque. En Mérida estuve poco, antes de venirme para San Cristóbal, trabajando y haciendo diligencias para continuar los estudios. Allí conocí el cine, que para mí fue un verdadero descubrimiento, vi películas de Gardel, que por entonces causaban furor, e igualmente, me dediqué a leer, en esos días circulaban mucho las obras de Vargas Vila, de modo que también las leí.

Esa imponente geografía andina ha influido notablemente en su sensibilidad creadora, en sus gustos literarios, dejando marcada huella en su obra como escritor.

Sí, es así, a tal punto que José Antonio Escalona Escalona me ha definido un poco en broma del modo siguiente. Ha dicho que yo soy hombre trujillano de nacimiento, cosa correcta, porque nací en la Mesa de Esnujaque; merideño de crecimiento, también cierto, porque crecí en Timotes; tachirense de sentimiento, que es verdad, pues he pasado gran parte de mi vida en San Cristóbal; y, colombiano de pensamiento, porque me formé intelectualmente hablando, leyendo autores colombianos, que eran los que predominaban en los Andes cuando estudiaba primaria y normal.

EL ESCRITOR

Háblenos de su primera formación, de sus estudios iniciales.

Me formé en Timotes, en una escuela que recuerdo con mucho cariño, con un maestro ejemplar, de esos que ya no existen en Venezuela, cuyo método, para mí inolvidable, era el siguiente: dedicaba la mañana exclusivamente a matemáticas y el resto del día a la lectura de libros modélicos, para que los muchachos perfeccionáramos la dicción y la entonación en la lectura en alta voz. Había que repetir y repetir hasta que el maestro quedara satisfecho, y además, preparar lecturas recitadas expuestas de memoria, que de manera obligatoria nos eran asignadas. Esto influyó definitivamente en mí, y ahora que el tiempo ha pasado y hago memoria, creo sin ninguna pedantería, que eso marcó en cierto modo mi vocación intelectual.

¿Qué lecturas y qué escritores influyeron inicialmente en Usted?

Yo entré a los clásicos por Cervantes, con El Quijote, que lo leí siendo todavía un niño. Me lo prestó una persona a la que siempre veía con un libro entre las manos sin saber cuál era, y uno de mis recuerdos más entrañables de esa época infantil, teniendo yo unos trece años, estando en quinto grado, es que me leí El Quijote verdaderamente deslumbrado por la narración, sin saltar página, de punta a punta, y sin tener la obligación de dar cuenta de eso en la escuela. Todo esto siendo un muchacho. Ahora, eso en cuanto al Quijote. Pero también me he nutrido y creo que han influido en mí, los clásicos españoles: Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, el mismo Cervantes con sus Novelas ejemplares, y más recientemente, Bécquer, la generación del 98, García Lorca, Azorín, Ortega y Gasset, en fin todos aquellos escritores españoles que hoy consideramos clásicos. Esto sin olvidar, claro está, a escritores de otras culturas, también importantes, como Víctor Hugo, Thomas Mann, Hermann Hesse y muchos otros.

¿Y qué nos dice de los escritores venezolanos?

Recuerdo que estudiando primaria, leíamos mucho a los autores andinos, bien fueran trujillanos, merideños o tachirenses, y también, a los colombianos, aunque preferentemente, a los merideños y colombianos. Después, por razones profesionales, es decir, de enseñanza, he trabajado mucho a los escritores venezolanos, hasta donde me ha sido posible, a la par de escritores de otros países. Ahora, debo resaltar el hecho de que mi formación es legítimamente andina, radicalmente andina. A lo cual se agrega, lo que he podido leer que no sea venezolano o colombiano, es decir, lo proveniente de la cultura francesa, portuguesa, alemana, etc. Aunque, en lo fundamental, mi formación es en lengua española.

Pasemos a su etapa sancristobalense. ¿Cuál era el ambiente intelectual a su llegada y en los primeros años de residencia en esta ciudad?

Yo llegué a San Cristóbal y me integré rápidamente a ella. Estando en la Normal, estudiando mi tercer año, ya me había hecho amigo de varios profesores, como Régulo Burelli Rivas, Manuel Osorio Velasco y otros más, y conocía a periodistas de algunos periódicos que había en esa época, como Vanguardia, ya desaparecido. El caso es que surgió la posibilidad de crear un grupo literario, y se creó el grupo Yunke en 1942. Recuerdo que las reuniones se hacían en la casa de Luis Felipe Ramón y Rivera, con la característica de ser alternativamente musicales y literarias, es decir, la gente iba y leía sus cosas, bien fueran artículos, ensayos o poemas, o si no, asistían con su guitarra o piano, y ejecutaban sus canciones. Allí fue donde se hizo famosa, al menos para nosotros, Ofelia Ramón, la mejor intérprete de la música típica tachirense que ha habido hasta nuestros días. Las sesiones eran medio musicales, medio literarias, y a veces estrictamente musicales o estrictamente literarias. Ese grupo tuvo la particularidad de que aglutinó a lo que después se comenzó a llamar la generación del 40, en el Estado Táchira, claro está, donde estábamos José Antonio Escalona Escalona, Aurelio Ferrero Tamayo, Carlos Sánchez Espejo, Manuel Osorio Velasco, Rafael María Rosales, Ramón J. Velásquez y algunos otros.

¿Qué papel jugó el grupo Yunke en las letras regionales y en las nacionales?

Jugó un papel si se pudiera decir pedagógico, pero teniendo presente que su mayor proyección fue en el ámbito regional. Curiosamente, como ocurrió en el resto del país, pero en el Táchira con mayor fuerza, tuvimos como padrinos espirituales a los poetas del grupo Piedra y Cielo, de Bogotá. El grupo Yunke también dio a conocer las primeras publicaciones, no muchas, claro está, de varios de sus integrantes. De ahí salió mi primer libro, que fue un cuaderno de poemas llamado Silencio de tu nombre, así como también, los primeros libros de Manuel Osorio Velasco, Régulo Burelli Rivas y algún otro. Recuerdo que nos reuníamos con frecuencia y trabajábamos de manera sistemática. Publicamos muchas páginas literarias en periódicos como Vanguardia y El Centinela. Estuvimos en contacto con otros grupos de Colombia, Argentina y México, coincidentes en el tiempo y generacionalmente. Con los años, al irnos graduando, nos fuimos dispersando, y esto acabó con el grupo. Pero, en fin, fue una linda experiencia que a todos nos marcó de algún modo.

¿Qué nos puede decir de la generación del 40, de la cual Usted forma parte?

La generación del 40 tuvo los siguientes puntos definitorios. Primero, se propuso volver a los clásicos, para reaccionar contra el surrealismo del grupo Viernes. Segundo, se propuso algo parecido a la generación del 18, es decir, ser hasta donde fuera posible, auténtica y rigurosamente venezolana, lo que creo se logró magníficamente en casos como el de Aquiles Nazca. Esa generación tiene nombres claves como Juan Beroes, Luz Machado, Luis Pastori, Ida Gramcko, Ana Enriqueta Terán y otros más.

Usted es un escritor a tiempo completo: ¿Por qué esa inclinación?

En pocas palabras, pienso que ese es un problema de vocación, de inclinación natural presente en mí; hay una necesidad perentoria de comunicación, de expresión, de creación, de drenaje íntimo, como decían los griegos.

LA OBRA

Su obra como escritor se reparte entre la poesía y el ensayo. Su poesía le canta a la naturaleza en sus más bellas manifestaciones y al mismo tiempo a la presencia humana, es decir, tanto al medio como al hombre. ¿Qué opina?

Eso es correcto, lo ratifico plenamente.

No ha escrito Usted, o no se ha interesado por escribir cuentos ni novelas. ¿Por qué?

Yo no he intentado dentro de mi obra escribir ni cuentos ni novelas. Son dos géneros que no están en mi órbita de creación. Eso sí, admiro y leo mucho a los narradores, sobre todo a los novelistas.

La región andina, vale decir, la montaña, recorre toda su obra. Llama la atención su preferencia por San Cristóbal, por su modo de sentirla y de soñarla.

Yo le debo a San Cristóbal todo, casi todo. Le debo dos cosas fundamentales en mi vida. Una, vine a aquí a hacerme profesional del magisterio, me gradué, trabajé aquí y en otros pueblos y ciudades del país, pero volví a San Cristóbal, donde me jubilé, de modo que mi carrera profesional se inicia y se cierra en esta ciudad. Otra, aquí publiqué mis primeros libros, y aunque se me ha dado a conocer también en otras ciudades, la mayor parte de lo que he publicado, formado por unos veinte títulos, lo he hecho en San Cristóbal o desde San Cristóbal, e inspirado centralmente en San Cristóbal. De tal modo que mi vida profesional se abrió y se cerró en esta ciudad, y en lo literario, también comenzó y aún se desarrolla en ella. Esos dos hechos revelan la relación entrañable que guardo con San Cristóbal.

En cuanto al ensayo, se ha ocupado de temas propios de la crítica literaria, de la historia, de la educación, de las artes, en fin, de eso que conocemos como cultura humanística. ¿Por qué ese interés?

La vida es un hervidero de incitaciones intelectuales, por donde quiera que uno se mete le surgen temas o posibilidades expresivas, características del desarrollo intelectual. El ensayo es una obra de naturaleza específicamente intelectual, es reflexivo. Que lo hace a uno pensar, pues, todas esas cosas que uno ve o recuerda, y que lo incitan a ponerlas en el papel para el lector del diario o del libro. En ese sentido, es el entorno o el medio, el que lo motiva o lo inspira a uno como escritor. Ahora, de acuerdo con la naturaleza de la incitación, uno queda en disponibilidad de tratar el tema por medio del corazón o de la sensibilidad, o por medio de la cabeza o de la inteligencia reflexiva.

Fuente: Ildefonso Méndez Salcedo, “Pedro Pablo Paredes: Escribir es para mi una necesidad perentoria”, en: Revista Nacional de Cultura, año LV, núm. 292-293, Caracas, enero-junio, 1994, pp. 235-241. Fotografía anexa: Pedro Pablo Paredes. Caracas, sin fecha, p. 234.

Thursday, January 04, 2007

Presentación

El objetivo de esta publicación es dar a conocer los valores de la cultura tachirense en todas sus facetas, aunque dando preferencia a aquellas personalidades que hoy resultan emblemáticas por la calidad de sus obras y su espíritu de servicio hacia la colectividad. Son innumerables los tachirenses, tanto hombres como mujeres, que se han destacado en todos los ámbitos de la actividad intelectual, bien sea en su propio suelo, en el territorio nacional o más allá de nuestras fronteras. Su presencia hay que buscarla en la historia, la literatura, la historiografía, la música, las artes plásticas, la educación, el periodismo, la vida eclesiástica, la legislación, entre otras áreas del quehacer humano.

Recopilaremos, en esta especie de revista electrónica, aquellos materiales, sean de nuestra redacción o de otros autores, que puedan servir a los lectores, especialmente a los más jóvenes, que son los que más necesitan de nuestra orientación para hacerle frente a una vida tan llena de múltiples influencias externas. No se trata de renegar de lo que viene de afuera, sino de reforzar lo propio para saber asimilar lo extraño. En fin, iniciamos esta experiencia, invitando a los lectores a que nos envíen sus comentarios, sugerencias y textos para ser publicados en este medio de información.

Nuestra primera entrega, correspondiente a los meses de noviembre y diciembre de 2006, está dedicada a un tachirense de primer orden, el Dr. Ramón J. Velásquez, quien el próximo 28 de noviembre arribará a sus 90 años de edad, una cifra respetable, no tanto por el número de años acumulados, sino por la infinidad de realizaciones en beneficio de nuestra nación, a la que le ha servido de manera desinteresada como funcionario público, periodista, historiador, editor, educador y promotor de empresas culturales. Queden estas palabras como un sincero reconocimiento al maestro y amigo a quien debemos tantas orientaciones en nuestro afán por conocer y divulgar la trayectoria histórica de Venezuela, en general, y la del Táchira, en particular.

Ildefonso Méndez Salcedo
San Cristóbal, noviembre-diciembre de 2006

Ramón J. Velásquez Mujica: Filósofo de la historia venezolana del siglo XX

Fotografía: Ramón J. Velásquez. Caracas, 1993. Fuente: Varios autores, Ramón J. Velásquez: Estudios sobre una trayectoria al servicio de Venezuela. Caracas: Universidad Metropolitana; Universidad de los Andes-Táchira, 2003, p. 227

José Pascual Mora García
Presidente de la Academia de Historia del Táchira


Discurso de presentación de la sesión solemne de la
Academia de Historia del Táchira en homenaje
al Dr. Ramón J. Velásquez Mujica.
San Cristóbal, 12 de diciembre de 2006.


El pensamiento de Ramón J. Velásquez ha sido abordado desde diferentes ángulos y vertientes pero no en su dimensión filosófica. Como una forma de saldar esa deuda me propongo pergeñar una aproximación a su filosofía de la historia venezolana. Porque, sin ambages, uno de los grandes filósofos de la historia venezolana del siglo XX es el tachirense Ramón J. Velásquez.

En Ramón J. Velásquez la filosofía de la historia venezolana puede ser decantada a partir de dos tipos de historiografía o formas de considerarla:

En primer lugar, a partir de su predilección por una historia inmediata, que consiste en la descripción de los acontecimientos de una época en particular, de ordinario, tiempos vividos por el escritor. Aquí se conjuga su vocación de periodista e historiador. Desde niño fue testigo del desarrollo de la historia inmediata a través de la prensa, pues su padre don Ramón Velásquez fue director de Diario Católico. Y luego su dilatada trayectoria en la prensa nacional, desde la época en que fue redactor de Últimas Noticias (1943-1944), allí trabajó junto a Francisco Kotepa Delgado, Sergio Antillano y Pedro Beroes. Luego fue reportero del diario El País (1944), y periodista en El Nacional desde 1945, diario que llegó a dirigir en dos oportunidades (1964-1968 y 1979-1983). Esto sin descontar su impresionante labor en las revistas y publicaciones periódicas a nivel nacional. En el análisis de su obra que hace Roberto J. Lovera De Sola nos revela esta facultad al señalar que “no es fácil ser historiador de lo contemporáneo. Mucho más arriesgado es trazar el cuadro de los acontecimientos cuando no sólo se ha sido coetáneo de sucesos sino cuando además se ha participado en ellos. Es arduo ser actor e intérprete de hechos cercanos (…) Escribir historia del presente en Venezuela siempre ha sido tarea ingrata. (…) Esta es la labor que han tomado muy en serio algunos historiadores venezolanos quienes saben el riesgo que implica escribir historia del presente desde el presente, pero quienes están conscientes del servicio que obras como estas prestan. Uno de estos trabajos sobre la vida venezolana en este siglo, que nos presenta la peripecia venezolana entre 1922-1976, es el que publicó el historiador Velásquez. Nos referimos a sus Aspectos de la evolución política de Venezuela en el último medio siglo.” (Lovera De Sola, 2003: 91-92).

Ramón J. Velásquez se inscribe entre los historiadores que han sido capaces de insertar su obra en la difícil conjunción de la temporalidad. Por igual trabaja el tiempo estructural como el tiempo coyuntural, o tiempo de la historia inmediata. En su obra Los pasos de los héroes (1981) expone su comprensión de la historia y nos revela su agudeza para su definición de la historia, al decir: “la historia no es futurología, ni paleontología. Pero sí brinda al investigador, al estudiante y al curioso impertinente, los elementos de información y juicio para poder adivinar entre las sombras de la madrugada qué es el futuro, los posibles pasos de una comunidad que vive en un escenario tradicional y tiene hábitos mentales, usos y costumbres que perduran por encima del cambio de las modas.” (Velásquez, 1981: XVI).

Nos enseña magistralmente que la historia no solo remite al estudio del tiempo pretérito, y este deslinde ha sido especialmente explicado en la historiografía francesa, al interno de la Escuela de Annales, por el francés Fernand Braudel quien acuñó la historia del tiempo en una trilogía: tiempo de larga duración (tiempo estructural), tiempo de mediana duración, y tiempo del acontecimiento (tiempo coyuntural).

En esta dirección nos recuerda Paul Ricoeur (2003) que “la historia de lo contemporáneo, llamada también historia del tiempo presente, constituye un notable observatorio para evaluar las dificultades que surgen entre la interpretación y la búsqueda de la verdad en historia.” (Ricoeur, 2002: 445). Por eso el concepto de historia inmediata ha sido uno de los conceptos incorporados por la historiografía actual. El término histoire immédiate lo introdujo Jean Lacouture en la década del sesenta del siglo XX, y especialmente ha sido desarrollado por el grupo de historiadores de Historia a Debate en la Universidad Santiago de Compostela, bajo la coordinación del Dr. Carlos Barros.

La facultad que ha tenido Ramón J. Velásquez por escribir la historia inmediata lo define, según Pedro Grases, como “un espíritu vigilante”, por eso “Toda República necesita de espíritus vigilantes que sepan y se atrevan a formular sus advertencias para el bien común. Este es el papel que el Dr. Velásquez se ha impuesto a sí mismo como primera obligación.” (Grases, 2003: 65).

En segundo lugar, hay en su obra una historia reflexiva, cuyo carácter consiste en trascender el presente, la exposición de los hechos no son referencia a un tiempo en particular sino que remiten al imaginario social; en este sentido, su obra cumbre es Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez (1979).

Esta vertiente es el nervio central de su obra, y se divide en varias ramas, según los métodos históricos, así tendríamos: una filosofía de la historia general, en donde aborda los acontecimientos de la historia política venezolana teniendo como telón de fondo la vida de Antonio Paredes (1869-1907); en este caso sobresale su trascendental obra La caída del liberalismo amarillo: tiempo y drama de Antonio Paredes (1972). Esta obra divide la comprensión de la historia venezolana del siglo XIX en un antes y un después, incluso superando a autores tan connotados como Ramón Díaz Sánchez y Mariano Picón Salas.

Seguidamente aparece la rama de la filosofía de la historia pragmática, en la que la historia tiene fines didácticos o moralizantes, destacamos aquí su iniciativa en rescatar la memoria de nuestro país desde la Secretaría de la Presidencia de la República, especialmente con la fundación del Archivo Histórico de Miraflores en 1959, obra de la cual quedó el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, acompañados de sus epígrafes.

Le sigue la rama de la filosofía de la historia crítica, en donde perfila el juicio de la historia al estilo marcblochiano de “abordar el pasado por el presente y el presente por el pasado.” En este punto tenemos que decir que Ramón J. Velásquez trasciende de la historia erudita, tan de moda en su tiempo, y toma partido por la historia crítica, contribuyendo así al análisis crítico de la historiografía venezolana. La obra paradigmática en este punto es su discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia, cuyo título es: La obra histórica de Caracciolo Parra Pérez (1971), texto que luego publicó en sus Individuos de Número (2002). En esta obra se nos revela, por encima de todo, como un filósofo de la historia de herencia kantiana, al conectar el acontecimiento de lo local pero sin perder la visión de lo universal. Sin duda podemos decir que es un neokantiano, pues apela al auflarung kantiano, y nos recuerda la obra cumbre del filósofo alemán Manuel Kant: Ideas de la historia desde un punto de vista cosmopolita. Su filosofía de la historia permite decir que “la historia que dejó escrita Parra Pérez no fue en absoluto una obra aldeana sino que constituye una labor, un intento tesonero, de situar nuestra evolución como pueblo en la historia universal. Su obra huye por lo tanto del localismo, del regionalismo, que es por otra parte, un mal, que pesa todavía sobre muchos de los estudios que sobre historia, o literatura, se escriben entre nosotros.” (Lovera De Sola, 2003: 113). Ramón J. Velásquez asume que el plan de historia humana no puede ser más que la consecución de una comunidad universal que comprenda bajo una misma legislación a todos los pueblos y garantice el desarrollo completo de las capacidades humanas.

También insertamos dentro de la categoría de la filosofía de la historia crítica sus variadas series de colecciones, destacamos sus colecciones acompañado de Manuel Pérez Vila y Pedro Grases, en especial, la colección del Pensamiento Político Venezolano del Siglo XIX; colección Nuestro Siglo XIX; colección Venezuela Peregrina; colección Documentos que hicieron Historia; la colección de la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, y su esfuerzo por incentivar las colecciones de la Biblioteca de Autores y Temas Trujillanos, Monaguenses y Anzoatiguenses.

Y por último una filosofía de la historia especial, en donde decanta una filosofía del arte, de la cultura, del derecho, en esas distintas esferas de la vida de un pueblo en un nexo con la universalidad. Y he aquí la sabiduría de este pensador de la historia, porque más que un historiador es un pensador de la historia; he aquí la dimensión que lo define como filósofo de la historia. Es un titán viviente de la estirpe de los intelectuales que nos legó el siglo XX; su nombre estará junto a los de Arturo Uslar Pietri, Mario Briceño Iragorry, Mariano Picón Salas, Luis Beltrán Prieto Figueroa y la intelligentsia venezolana. Su trazo no se reduce simplemente a modelar la llamada Historia Patria, ni sólo a contar lo local o a recrear el acontecimiento sino que arriesga sus propias ideas con un sentido fundante, es decir, sabe dar de qué o cuál historia, y cómo se construye la historia, porque ha sido actor y conoce todas las patologías sociales sobre las cuales se funda. Igualmente deslinda la supuesta neutralidad valorativa con que algunos historiadores pretenden contar la historia, toma partido y se compromete; no es pues un eunuco ideológicamente hablando, para decirlo con palabras de Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Y finalizamos este esbozo sobre sus obras señalando que quizá la semilla por la filosofía de la historia fuera sembrada por Caracciolo Parra León, su profesor de filosofía en el Liceo Andrés Bello en Caracas, a quien acompañaba luego de sus clases hasta su casa, y en la que confiesa que fueron mucho más provechosas esas conversaciones para su formación que las mismas clases. También tenemos que agregar que su entorno familiar fue clave para su compresión de la historia; en donde, indudablemente su padre Ramón Velásquez ejerció un rol protagónico junto a doña Regina Mujica de Velásquez, quien se dedicó por entero al magisterio: medio siglo de su vida estuvo dedicada al servicio de la enseñanza y a la fundación de diversos centros de formación docente en el Estado Táchira.

Monday, November 27, 2006

A Ramón J. Velásquez, 90 años, suprema luz y vida


Donde la patria empieza o se termina
toda, no cabe más que la palabra
hermano, lumbre para hacer la harina
con la que el sueño su espesura labra.

Hermano para alzarse en la colina
y rogar a la vida se nos abra
de par en par en claridad andina
hasta que algún lucero se entreabra.

Hermano en altibajos y alegrías
y en el canto febril de la belleza
y en la mesa frugal de la labranza.

Hermano en las tristumbres y acedías
y en el grito feroz de la pobreza
y en la desolación de la tardanza.

Pablo Mora

28 de noviembre de 2006

Monday, November 06, 2006

Hitos fundamentales de una trayectoria vital

Fotografía: Ramón J. Velásquez. Caracas, c. 1986. Fuente: J. J. Villamizar Molina, Historia del Salón de Lectura, Ateneo del Táchira, 80 aniversario. Caracas: Presidencia de la República, 1986, p. 68


Investigación y redacción:
Ildefonso Méndez Salcedo
ildefonsomendez@yahoo.com


NACIMIENTO

En San Juan de Colón, Estado Táchira, el 28 de noviembre de 1916. Hijo del matrimonio formado por Don Ramón Velásquez Ordóñez y Doña Regina Mujica de Velásquez, distinguidos educadores tachirenses.

ESTUDIOS PRIMARIOS Y SECUNDARIOS

Recibe las primeras lecciones en el hogar formado por sus padres, primero en San Juan de Colón y luego en San Cristóbal, ciudad donde se establecen en 1920. Asiste a un kindergarten creado por su madre con la maestra Flor María Román. Cursa la primaria en la escuela anexa al Liceo Simón Bolívar. Estudia bachillerato hasta el tercer año en el Liceo Simón Bolívar. En 1934 se traslada a Caracas para proseguir sus estudios en el Liceo Andrés Bello. Dos años más tarde se recibe de Bachiller en Filosofía y Letras con un trabajo titulado El Táchira y su proceso evolutivo.

ESTUDIOS SUPERIORES

En la Universidad Central de Venezuela cursa la carrera de Derecho hasta recibirse de Doctor en Ciencias Políticas (1942), presentando como trabajo de grado un texto titulado: Calidad de la responsabilidad ministerial: responsabilidad política de los ministros y la Constitución venezolana. Al año siguiente, la Corte Suprema de Justicia le otorga el título de Abogado. Debe recordarse una experiencia intermedia: su regreso y permanencia en San Cristóbal (1940-1942) para inscribirse en la Escuela de Derecho creada en la Sociedad Salón de Lectura y acudir a la Universidad de los Andes (Mérida) donde se presentaban los exámenes reglamentarios.

MATRIMONIO

Contrae nupcias con Doña Ligia Betancourt Mariño con quien procrea cuatro hijos: Ramón Ignacio, Regina Esther, José Rafael y Gustavo Luis.

ACTIVIDAD PÚBLICA

• Secretario de la Corporación Venezolana de Fomento (1948).

• Secretario General de la Presidencia de la República (1959-1963).

• Presidente de la Comisión Redactora del Proyecto de Ley que crea la Corporación para el Desarrollo Económico de los Andes, CORPOANDES (1961).

• Ministro de Transporte y Comunicaciones (1969-1971).

• Senador principal por el Estado Táchira (1959-1964, 1974-1979 y 1984-1989).

• Presidente de la Comisión de Política Exterior del Congreso Nacional (1974-1979).

• Presidente de la Comisión Bicameral Especial para la Celebración del Bicentenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar (1982-1984).

• Presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, COPRE (1984-1986).

• Presidente de la Comisión Presidencial para Asuntos Fronterizos Colombo-Venezolanos, COPAF (1989-1992).

• Miembro del Consejo Consultivo de la Presidencia de la República (1992).

• Presidente de la República, designado por el Congreso Nacional para concluir el mandato presidencial de Carlos Andrés Pérez (1993-1994).

• Presidente de la Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela (1997-1999).

ACTIVIDAD PERIODÍSTICA

• Redactor del periódico Juventud, San Cristóbal (1929).

• Redactor de la revista Nautilus, San Cristóbal (1930).

• Redactor de la revista Mástil, San Cristóbal (1932).

• Redactor de la revista Antena, San Cristóbal (1932).

• Jefe de redacción del diario El Nacional, San Cristóbal (1933).

• Redactor de la revista Futuro, Caracas (1935).

• Director fundador del diario La Provincia, San Cristóbal (1941).

• Redactor del diario Últimas Noticias, Caracas (1943-1944).

• Redactor del diario El País, Caracas (1944-1945).

• Redactor de la revista Hechos, Caracas (1949).

• Redactor de la revista Testimonio, Caracas (1950-1951).

• Redactor de la revista Signo, Caracas (1951-1952).

• Redactor de la revista Elite, Caracas (1955-1956).

• Director fundador del diario El Mundo, Caracas (1958-1959).

• Director del diario El Nacional, Caracas (1964-1968 y 1979-1982).

ACTIVIDAD EDITORIAL

• Fundador del Boletín del Archivo Histórico de Miraflores (Desde 1959 se han publicado más de 160 números).

• Director fundador de la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses (Desde 1960 se han publicado más de 180 títulos).

• Director de la colección Pensamiento Político Venezolano del Siglo XIX (1960-1962, 15 v.; 2a. ed., 1983, 15 v.).

• Director de la colección Documentos que hicieron historia: siglo y medio de vida republicana, 1810-1961 (1962, 2 v.; 2a. ed., 1989-1990, 5 v.).

• Director de la colección Venezuela Peregrina (1962-1963, 4 v.).

• Director de la colección Nuestro Siglo XIX (1962-1966, 10 v.).

• Director de la colección Las Fuerzas Armadas de Venezuela en el Siglo XIX (1963-1971, 12 v.).

• Director de la colección Pensamiento Político Venezolano del Siglo XX (1983-1996, 104 v.).

• Fundador del Boletín de la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano (Entre 1987 y 1994 se publicaron 16 números).

ACTIVIDAD DOCENTE

• Profesor fundador de la cátedra Historia del periodismo venezolano, Universidad Central de Venezuela, Caracas (1961).

• Profesor fundador de la cátedra Historia del periodismo venezolano, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas (1962).

Profesor fundador de la cátedra Apreciación del proceso histórico venezolano, Universidad Metropolitana, Caracas (1980).

ACTIVIDAD ACADÉMICA

• Presidente del Centro de Estudiantes del Liceo Andrés Bello, Caracas (1935).

• Presidente de la Sociedad Salón de Lectura, San Cristóbal (1941-1942).

• Director fundador del Instituto de Investigaciones Históricas del Periodismo Venezolano, Universidad Central de Venezuela (1958).

• Fundador del Archivo Histórico de Miraflores (1959).

• Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia (1971).

• Presidente de la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano (1975-1995).

• Miembro del Consejo Consultivo del Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar (1979).

• Miembro de la Fundación Rómulo Betancourt (1982).

• Presidente del Primer Congreso del Pensamiento Político Latinoamericano (1983).

• Fundador de la Oficina de Investigaciones Históricas y Políticas del Congreso de la República (1985).

• Miembro de la Fundación Francisco Herrera Luque (1992).

• Miembro de la Fundación General de Nogales Méndez (2000).

• Miembro de la Fundación Pedro Grases (2002).

• Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua (2002).

RECONOCIMIENTOS

• Premio Internacional de Periodismo María Moors Cabot, Universidad de Columbia, Nueva York (1967).

• Premio Municipal de Prosa, Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas (1973).

• Premio de la Asociación de Escritores Venezolanos, Caracas (1980).

• Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanidades, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, Caracas (1980).

• Doctor Honoris Causa de la Universidad de los Andes, Mérida (1986).

• Doctor Honoris Causa de la Universidad de Carabobo, Valencia (1987).

• Doctor Honoris Causa de la Universidad Santa María, Caracas (1987).

• Exposición-Homenaje, Biblioteca Nacional, Caracas (1987).

• Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional Experimental del Táchira, San Cristóbal (c. 1989).

• Reconocimiento de la Asociación Venezolana de Rectores Universitarios, Caracas (1996).

• Premio Nacional de Humanidades, Consejo Nacional de la Cultura, Caracas (1998).

Algunas obras sobre su trayectoria



Sunday, November 05, 2006

Testigo y protagonista del siglo XX en Venezuela





Fotografías: Ramón J. Velásquez con Eleazar López Contreras (1963), Rómulo Betancourt (1962) y Rafael Caldera (1993). Palacio de Miraflores, Caracas.
Fuente: Varios autores, Ramón J. Velásquez: estudios sobre una trayectoria al servicio de Venezuela. Caracas: Universidad Metropolitana; Universidad de los Andes-Táchira, 2003, pp. 49, 67 y 333.